Una Salida al Cine el 14 de febrero

Por. Daniel Valdez

Todos aquellos licenciados en el analfabetismo
sentimental que nos batimos a brazo partido con frases académicamente altisonantes para hablar, teorizar y divagar sobre esto que ha venido llamándose el séptimo arte, se nos ha olvidado que ver una película es una experiencia contingente.

Es cierto que tenemos como tarea principal luchar contra el situacionismo cada que nos proponemos apreciar algún trabajo intelectual; pero en un país como México ( y en la mayoría de todos los países latinoamericanos, supongo) esto ha venido a ser un ejercicio que demanda un nivel de concentraciónascéticareligiosacasiestoíca a la que el mexicano promedio no está acostumbrado. En México, el sensible trabajo de cada uno de los que participaron en la realización de cada filme, llega siempre demediado a las sala de cine, debido a diversos percances como el compañero pataleante de la butaca de atrás, del pésimo sonido aglutinado en una sola bocina que se esconde detrás de la pantalla, los gritos, susurros, murmullos, soplamocos y sibilisancias de todos aquellos que nos dimos cita en la misma sala a la misma función. Lograr apreciar una película necesita de un arduo entrenamiento que se da en salas como la Julio Gacho o la Cineteca por no mencionar la infrahumanidad de las salas A y B de la facultad de filos. Por eso, para sortear todos estos obstáculos que la gloria de los cines mexicanos sugiere, es preciso ir, siempre, bien acompañado.

Ir bien acompañado.

La linda y sensual compañera de a lado es fundamental para que logremos el entendimiento cabal de la estructura significante de cada filme. Para llegar a comprender toda la resonancia sociológica, su lugar en la historia y cada uno de los aciertos formales que la película intenta comunicarnos es de vital importancia tener la tibieza de su mano en tu mano.

Recuerdo que con la última relación que tuve, dos de las cosas que más nos gustaba hacer era ir al cine. Ir a la cama para luego volver al cine y luego ir ala cama y ver una película mientras retozábamos solaces y nos veíamos en la cama como si estuviéramos viendo una película de Truffaut o Godard o quel autre autor… Qué deleite haber visto con ella Los Soñadores (Bertolucci) historia de un menage a trois incestuoso que vive en una cinefilia desbordada y maoticamente revolucionaria. Qué hermoso fue tenerla a mi lado presenciando el verdadero acontecimiento que es el cine de Glauber Rocha. Y qué rico fue ver a Passolini sentados en la última fila para que nadie nos viera. Pero todo film tiene que llegar a su fin y entonces dijimos- ¡Corte!- y se acabó.

Después, quizá por fuerza de costumbre, intenté repetir el mismo acto. Pero bien es cierto que segundas partes no son buenas… amenos que se trate de trilogías o sagas o decálogos, aunque Kieslowsky me parezca una perdida de tiempo. Entonces me di cuenta del carácter simbólico que representa salir con una chica al cine. Estoy convencido de que cuando ella acepta la invitación de acompañarte a ver una película, está aceptando también la propuesta de ir también a tu casa, degustar un buen vino e ir a la cama después. Desde luego, esto no es un axioma, puesto que cuando vas a la cama con una chica no quiere decir necesariamente que aceptaría ir contigo al cine.

Curioso que nuestra cultura aun no se ha despojado del estigma del espacio enormemente oscuro, del silencio concertado, ese apenas roce de hombro con hombro y luces y sonidos que van anunciando ya una experiencia de suma intimidad, tan parecido a dormir con alguien compartiendo el mismo sueño.

Este catorce de febrero ejercí mi derecho político a ser consumidor (por razones de tiempo más que otra cosa) y en efecto, fui a ver una de las películas recientes más hermosas[1] con una de las chicas más hermosas que recién he conocido. No he vuelto a verla desde entonces, pero Bauman tiene razón al decir que la capacidad de consumo se puede extender mucha más allá de los límites impuestos por las necesidades naturales[2], es decir, que en nuestra sociedad de consumo viajar es esperanza y llegar es una maldición. No encontrar, no es malestar sino promesa de felicidad. ¡Momento que pasas, detente, eres tan bello!



[1] The Science of Sleep, dir. Micheal Gondry.
[2] Bauman, Zigmunt, Globalización: consecuencias humanas, ed. FCE, México, 2004

1 Nuestros lectores opinan:

Anónimo dijo...

y sí acepté, y fuimos al cine y en efecto no fuimos a la cama después...y aun espero el momento en k decidas por fin compartir conmigo todas las peliculas, y las ganas, y los sueños y todo tú...pero bueno, y asi me kedo, solo espero... me REenKntas BURROOO!!!!...