Y no precisamente bailando “ricachá”, pero tampoco queriendo agandallar. Sólo que ésta vez no llegaron a Nueva York ni a Washington, sino que, y seguramente contagiados por la intergaláctica fiebre mundialista, lo hicieron en pleno centro de Johannesburgo, capital de Sudáfrica.
Pues ahora resulta que desde hace aproximadamente treinta años, según el presente de la trama, los extraterrestres se pusieron en contacto con la tierra. De una manera que hasta para las películas de ciencia ficción y extraterrestres resulta bastante peculiar, ya que un buen día, una enorme nave amanece “estacionada” en el espacio aéreo de la capital sudafricana y ningún terrícola sabe porqué ni que esperar de dicho suceso. Algunos tiemblan ante la posibilidad de un ataque hostil y otros, los terrícolas más prominentes, esperan grandes avances tecnológicos para su beneficio económico. Los alienígenas son recibidos como refugiados, por un problema con su planeta natal que no queda muy claro, aunque para el desarrollo de la historia esto no importa, lo verdaderamente importante es el hecho de que ya están aquí y los distintos países del mundo discuten que hacer con ellos. Para esto, la MNU (Multi National United) asume un control administrativo y crea todo un aparato burocrático encargado de regular los asuntos alienígenos; cuyo verdadero fin es sacar ventaja de la transferencia tecnológica de esta civilización, especialmente lo referente a armamento el cual solamente funciona con el ADN de los “langostinos” (como se les llama despectivamente en el momento que ocurre la historia).
Así pues, después de poco más de dos décadas de una xenofóbica tensión acumulada entre humanos y los aliens refugiados en el Sector 9 (comunidad alienígena enclavada en el centro de la ciudad y que bien podría pasar por cualquier cartolandia mexicano), debida, entre otras cosas, al tráfico de armas que éstos mantienen con un grupo de nigerianos a cambio de comida para gato; un agente de la MNU, Wikus Van der Merwe, es asignado para coordinar un operativo de desalojo y reubicación de estas criaturas en un campo de concentración militar. Durante este operativo, Wikus es rociado por accidente con una sustancia extraterrestre, a la que éstos llaman “fluido” y comienza a experimentar una extraña metamorfosis que lo lleva a ser el hombre más buscado del planeta y replantearse su actitud hacia los otros. Este suceso es la gota que derrama el vaso y da paso a la persecución y la balacera.
En un primer momento, la idea central del filme parece interesante y digna de una profunda reflexión, ya que, apoyada por la forma de falso documental que le da el director en un principio, la película adquiere un carácter un poco menos ficticio, planteando el suceso inicial como una posibilidad no tan remota.
Reflexiones acerca de la discriminación, la otredad, la ética científica y distintos temas relacionados con estas ideas son inevitables después del vertiginoso final, el cual dura poco más de media hora y nos recuerda películas como: La mosca, el planeta de los simios, hombres de negro e incluso terminator. Pero también es inevitable recordar y comparar, aún con el siglo de distancia entre ambas películas, El viaje a la luna de George Méllies. Si recabamos en dicho film, al menos la parte en que aparecen los habitantes de la luna (me pregunto si estará bien llamarlos “lunáticos”), notamos que la concepción europea del otro no había cambiado mucho en 400 años al ver la parafernalia y figura con la que retratan a los lunáticos, que son una mezcla de los habitantes de América retratados en los grabados y pinturas del siglo XVI y el arquetipo de la tribu africana; y por lo tanto, son salvajes dignos de ser exterminados por el simple hecho de ser Los otros.
En Sector 9, son los extraterrestres quienes llegan a la tierra, y no es gratuito que lo hagan en Sudáfrica. Este país que sufrió la dominación holandesa e inglesa y soportó durante mucho tiempo el racismo de las minorías blancas, que en antaño gobernaban e incluso, durante el apartheid, se dedicaron a perseguir a los disidentes negros; ahora recibe la visita de estos seres quienes ponen a prueba, una vez más, la concepción humana del Otro.
Aunque los extraterrestres no son exterminados, son apartados y prácticamente aislados, en una sola palabra, sufren de discriminación por no ser comprendidos en sus prácticas cotidianas. Desde el hecho tan significativo de registrarlos con nombres humanos, hasta colocar letreros en distintos establecimientos donde se les prohíbe la entrada, al más puro estilo nazi, la metáfora que utiliza el director Neill Blomkamp da pie a una reflexión profunda sobre nuestra propia disposición por tratar de comprender y convivir con los otros, sean estos extraterrestres, indígenas, homosexuales, o cualquier otro grupo que por distintas circunstancias sociales, económicas e incluso culturales, se les considera marginales por representar ciertas diferencias con los dominantes. En el film, los extraterrestres se ven obligados a asimilar muchas costumbres humanas, incluso, a comprender y tomar parte en dinámicas legales e ilegales, para su supervivencia en un mundo hostil. Creo que, dejando un poco de lado la tradicional balacera Hollywoodense, ésta metáfora inter-étnico-galáctico-planetaria no es más que una invitación a la interpretación crítica, pero sin ir tan lejos, ya que no necesitamos de extraterrestres para problematizar sobre la discriminación y replantear nuestros modos de convivencia.
La cinta es escrita y dirigida por Neill Blomkamp y producida nada menos que por Peter Jackson, a quien recordamos por la trilogía de El señor de los anillos, y que nos aclara porque, aunque la cinta es de un relativo bajo presupuesto, cuenta con efectos especiales de una superproducción gringa.



